
A fines del siglo XIX, una catastrófica epidemia de fiebre amarilla asoló la ciudad de Buenos Aires y mató a casi 15.000 residentes en pocos meses durante el año 1871. El sur de la capital argentina –uno de los principales focos, debido a las condiciones de hacinamiento en las que vivían los inmigrantes allí asentados– fue abandonado por las familias más pudientes y quedó habitada por los obreros –muchos provenientes de Italia y España– que solían trabajar en saladeros, curtiembres y fábricas de la zona. En este ambiente proletario y multicultural, donde la ciudad empezaba a disolverse en el campo y los criollos se mezclaban en los arrabales con los inmigrantes europeos, nació el tango argentino.